viernes, 14 de marzo de 2008

Dar muerte al silencio


Tenía buenas manos y quizá mejores intenciones. Pero era un asesino. Sí, lo era, porque mataba lentamente con su silencio, que pesaba como una reponsabilidad demasiado grande para cualquier ser vivo...

Sus ojos eran certeros entre las sábanas, ávidos, concretos, oscuros e infinitos como una sima de varios kilómetros de profundidad. Pero cuando el placer moría también lo hacía esa llama de humanidad. De repente ya no miraba de frente y tenía los ojos de un gris claro, difuminados. Y entonces sabía que llegaba el silencio. Como para ahuyentarlo fuimos unos amantes prolíficos, de los que rompen y rasgan las estadísticas. De los que se salen del mapa de lo común. Pero no era suficiente: su silencio lo dominaba todo, incluso a mí, la gran defensora de la comunicación, la ladrona de palabras e inspiraciones ajenas...

Entonces llegó aquella noche, unas horas oscuras como otras cualquiera en Madrid. Música en directo, que me enseñó que había vida más allá del silencio. Y todo se precipitó. Sus manos empezaban a conocer a la perfección aquel cuerpo que suelo despreciar con más frecuencia de la debida, que tanto me cuesta a veces reconocer como propio. Pero su silencio no quería conocer mi mente y aniquilaba mi ser, ese ser que sí reconozco (casi) por completo. Entonces me armé de valor y cobardía a partes iguales, y le asesté un golpe certero de pura verdad, esa que tan poco le gusta oir al común de los mortales: "no quiero tener historias fugaces con alguien que me considera tan insignificante y prescindible en su vida"

Así murió el silencio, aunque sé que una palabra bastará para hacerlo regresar

Pero no quiero

O sí quiero

Maldita seas, indecisión

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