
Los malos momentos ayudan a unir y a devolver la paz a las orillas revueltas. Pero cuando la marea baja y se lleva consigo el duelo, el vilo o la preocupación, regresan los fantasmas de viejas rencillas y se instauran nuevos regímenes donde la palabra hiriente es la soberana absoluta (y absolutista).
Duele estar en medio de una lucha dialéctica en la que las palabras dañan como flechazos certeros. Duele ver a dos personas que se amaron tanto (que quizá aún se amen, aunque digan lo contrario) decir que ya no se emocionan ni se conmueven por el otro.
Anoche soñé que estaba tumbada en un banco de un parque de una ciudad inconcreta y desconocida, con los ojos cerrados y disfrutando de la calma y de la caricia del sol. Entonces se acercaban dos dobermann a olfatearme, uno de cada lado. Yo sabía que no tenía que asustarme, a pesar de las horrorizadas exclamaciones que escuchaba lanzar a la gente que pasaba por nuestro lado. Sabía que si abría los ojos o tensaba los músculos, o hacía el más mínimo movimiento, ellos percibirían mi miedo y yo no lo contaría.
A pesar de que en el sueño lograba controlarme y entrar en una especie de placentero sopor que me hacía salir de mi cuerpo y observar toda la escena a salvo, desde fuera (las extrañas sensaciones de los sueños, hay que vivirlas para saber cómo son), me he levantado aterrada...
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